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SIN BARRERAS
Hermoso y sugerente film cuyo argumento parte de un cuento de hadas (en el
que no falta la malvada bruja del bosque, situado al otro lado de las
murallas que protegen la aldea donde habita una bella princesita junto a su
familia) contado por la protagonista, una niña de diez años perteneciente a
la clase alta y dotada de una imaginación portentosa, y que sufre graves
problemas afectivos derivados de una enfermedad cardíaca, cuya consecuencia
física es una enorme cicatriz en el pecho. Sin embargo, muy pronto
percibimos que el verdadero peligro reside dentro de las murallas, en el
aparentemente tranquilo barrio residencial llamado, irónicamente, Camelot
Gardens, donde habita la pequeña Devon (una soberbia Mischa Barton), rodeada
de toda una gama de personajes mezquinos, empezando por sus propios padres,
que basan sus relaciones personales en la ostentación, la imagen y el
prestigio (de ahí que los padres de la protagonista la fuerzen a recorrer el
vecindario, vendiendo galletitas para una causa caritativa, con el único
propósito de integrarla en la comunidad).
Un día, la pequeña Devon se adentra en el bosque y conoce a Trent
(excepcional Sam Rockwell, al que pudimos ver interpretando al personaje
asilvestrado de Box of Moonlight), un joven jardinero de clase baja que se
dedica a cortar el césped de las casas del barrio residencial, y que es
tratado con absoluto desprecio y desconfianza por los habitantes del mismo.
Entre ambos comienza a gestarse una hermosa relación de amistad y mutua
fascinación, observable en cada uno de los gestos y miradas que se dedican
el uno al otro, que no será bien visto por una hipócrita sociedad de la que
se sienten absolutamente desplazados.
Gran parte del mérito de la película reside en el extraordinario guión
firmado por Naomi Wallace (y premiado en el último festival de Sitges), en
el que se describe admirablemente ambientes (que en ocasiones recuerdan
bastante a Eduardo Manostijeras, la obra maestra de Tim Burton, con sus
jardines, sus casitas de ensueño, sus barbacoas...) y personajes, entre los
que yo destacaría al vigilante del barrio (con ínfulas de John Wayne), a los
repugnantes niñatos ricos (uno de ellos, no sólo mantiene relaciones con la
madre de la protagonista, sino que, encima, intenta abusar sexualmente de
esta última) y, sobre todo, al padre de Trent, un auténtico despojo social,
que guarda con escrupuloso celo las banderas estadounidenses de sus
compañeros muertos durante la Guerra de Corea... Todo ello situado en el
contexto político de la Guerra del Golfo, vivida a conveniente distancia,
desde sus televisores, por la acomodaticia comunidad de Camelot Gardens, que
no es más que un reflejo levemente distorsionado de la mentalidad de clase
media yanqui.
Pero, sin duda, lo más atractivo del film es la intensidad emocional con
que se afronta la complejísima relación entre la niña y el jardinero, cuyo
referente inmediato puede hallarse en la magnífica Viento en las velas, de
Mackendrick (concretamente a la relación entre la pequeña Deborah Baxter y
el maduro pirata interpretado por Anthony Quinn), y que en ambos casos
acarrean consecuencias trágicas. Una relación que el director trata de
mostrarnos sin concesiones al morbo, algo muy difícil de conseguir, teniendo
en cuenta el considerable impacto social que los últimos casos reales de
pederastia han suscitado.
Echo en falta, sin embargo, más momentos mágicos (como la escena de la niña
aullando en la azotea, el cuento infantil que sirve de eje a la historia, o
la increíble huida final del joven Trent), aunque esta carencia se compense
con detalles ciertamente surrealistas (el atroz chavalín, cuyos vandálicos
actos recaen, injustamente, en el jardinero, o la escena de la niña
protagonista orinando sobre el parabrisas del coche). Sin olvidar, por
supuesto, la cálida y cristalina mirada de Mischa Barton (¡un pedazo de
actriz!) capaz de conmover hasta a las mismísimas piedras. ¡¡¡Amo a esta
niña!!!.
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