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Si la verdad es la primera víctima de la guerra, el derecho internacional
es la segunda. La cascada de acontecimientos que vivimos desde el 11 de
septiembre es la mejor prueba de ello.
Los atentados de Nueva York y Washington fueron mucho más que
un ataque terrorista, fueron un crimen contra la humanidad. EEUU prefiere
quedarse con la calificación, menos dura, de acto terrorista porque
los acusados de crímenes contra la humanidad pueden ser juzgados
por un tribunal ad hoc creado por las Naciones Unidas, como los de Ruanda
y ex-Yugoslavia. Además, es bien conocida la aversión que
despierta en la administración norteamericana la creación
de la futura Corte Penal Internacional permanente, cuyo estatuto no ha
ratificado.
La Carta de las Naciones Unidas permite el uso de la fuerza en legítima
defensa y con la autorización del Consejo de Seguridad. Legitima
defensa no debe ser confundida con venganza, que EEUU tenga derecho a
responder a los ataques sufridos no quiere decir que tenga carta blanca
para hacer lo que desee. La transgresión del derecho por una de
las partes no exime a la otra de su cumplimiento. El derecho internacional
humanitario (DIH) regula la guerra y define qué métodos
y objetivos son legítimos y cuáles ilegales.
Los bombardeos masivos e indiscriminados, el minado desde el aire, la
destrucción de edificios civiles, almacenes de ayuda humanitaria,
hospitales, escuelas y lugares de culto están expresamente prohibidos
por el DIH. La acción militar aliada contra Afganistán viola
a diario y sin miramientos estos principios elementales.
Por supuesto, también infringen la ley los talibán y las
fuerzas de la alianza que se les oponen. Entre los dos grupos sólo
hay una diferencia de tiempo. Los talibán hace siete años
y los muyahidín hace casi un cuarto de siglo que matan civiles
inocentes, torturan, ejecutan prisioneros sin juicio, alistan niños
en sus filas, desplazan por la fuerza a la población, saquean ciudades
y quebrantan los derechos humanos fundamentales.
Los países vecinos de Afganistán, con el beneplácito
de los gobiernos occidentales, mantienen cerradas las fronteras desde
el comienzo del conflicto para impedir la salida de los atemorizados y
hambrientos afganos. Una práctica inmoral que infringe impunemente
el derecho de las personas a escapar de la guerra y el derecho de acceso
a las víctimas que el DIH reconoce a las organizaciones humanitarias.
Se trafica con el derecho. A cambio de apoyo político a la operación
militar, los países occidentales ignoran, e incluso justifican,
la sistemática violación de los derechos humanos en Chechenia,
China, Pakistán, Irán, Israel y Arabia Saudita, entre otros.
Se culpabiliza al derecho. Muchos países están promulgando
nuevas leyes antiterroristas que recortan nuestras libertades básicas
y nos convierten a todos en presuntos culpables. Los gobernantes responden
al terrorismo modificando la ley como si el derecho fuera el causante
de la violencia. Estamos ante una maniobra política global que
aprovecha la paranoia colectiva para eludir responsabilidades, suprimir
libertades y acumular poder.
Y, lo peor de todo, es que son muy pocos los que denuncian estos ultrajes
al derecho y menos aún los que les escuchan. No nos engañemos,
el derecho no ha fallado, lo que falla es su aplicación, lo que
ha falla es la política.
Jordi Raich
Analista de Médicos Sin Fronteras
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